TAHUANTINSUYU 2008: de Rosario a La Quiaca
Que buen momento cuando comienza el viaje tan planeado.
Hacía unos cuantos meses que lo venía armando. Gracias a Internet y a mucha de la información que brinda, es muy simple estar al tanto de todo. Si bien se me hizo complicado llegar a “la vedette” de este viaje y que me tuvo muy preocupado por un tiempo, al fin logre encontrar la mejor manera de solucionarlo.
Pero vamos por partes.
Los preparativos se irán intercalando en el cuento. Vamos al ahora, en el momento en que estoy parado en el anden de la Estación Rosario Norte viendo llegar el tren de la empresa Ferrocentral que me llevaría a San Miguel de Tucumán. Estamos con Osvaldo, con nuestras mochilas, acompañados por Mónica y Marcela que vinieron a despedirnos. Emocionados y expectantes de comenzar este viaje que nos llevaría mas de veinte días. Afortunados por haber conseguido pasajes. La ilusión de volver a viajar en tren, aunque lleve muchas mas horas, era enorme. Quise “ver un tren” como dice Spinetta y una semana atrás, a esta misma hora, 18, estaba aquí viendo partir el tren a Tucumán. Por curiosidad pregunté precios y por casualidad quedaban estos dos asientos en Pullman, únicos dos lugares en este tren que estaba a punto de partir a esta ciudad desconocida para mi y también hacia el recuerdo de infancia, cuando desde la estación del pueblito de Berabevú, distante a ocho kilómetros de mi Godeken natal, partía a esta Rosario fascinante y descomunal que tanto me cautivaba. Después de tanta destrucción, los trenes estaban volviendo. El medio de transporte popular mas barato fue desapareciendo lentamente hasta que el deplorable gobierno menemista y su política neoliberal “noventista” le dio el estocazo final.
Salimos tarde, atrasados, no podía ser de otra manera. El viaje fue largo, 20 horas. Había olores, ruidos e imágenes que despertaban la nostalgia y hacía que el tiempo volara. El característico ruido de las ruedas de acero golpeando las vías flojas. Los olores a campo, una mezcla de yuyos pisoteados, tierra mojada y algún que otro zorrino. El viento entrando por esas grandes ventanillas a veces limpio, a veces con esas semillitas que se dejan llevar cargando nueva vida, otras con enjambres de insectos. Cruzando pueblos: coches esperando, bicicletas, chicos saludando. Las viejas estaciones abandonadas, muchas convertidas en centros culturales, otras destruidas y alguna que otra remodelada para retomar ese antiguo deber de recibir y despedir a los viajeros. Una, en Santiago del Estero, con los vendedores de tortas fritas, panes, quesos, tortas y lo que se te ocurriera casero.
Por fin Tucumán y la miseria a los costados de la vía nos daba la bienvenida como antes lo había hecho similar miseria en Rosario, echándonos a piedradas. Otra vez las persianitas metálicas bajas y de vez en cuando alguna piedra golpeándolas. A la salida de Rosario, rompieron un vidrio que tarde fue resguardado. Me recuerdo tirándole piedras a esos viejos trenes en mi infancia de Villa Diego, pero en ese tiempo solo había junto a las vías, cañas y mucho yuyal.
Ese sábado 29 de marzo, en vez de llegar a las 11hs. llegamos a las 15, a una vieja estación que me rememoraba a aquella, de Rosario Central, cuando me recibía en la infancia.
El paso por Tucumán era una excusa para pispear un poquito la ciudad. Por el viaje en tren adelantamos la fecha dos días e hicimos un corto recorrido por estas principales capitales del NOA para ir entrando en el paisaje de lo que nos esperaría en estas próximas semanas.
Para llegar a la noche paseamos el centro de la ciudad y por la obligatoria casita de la Independencia que nos recibió con toda su historia de liberación (auque sabíamos que era una replica de aquella de 1816). La lluvia nos sacó de las calles y nos refugiamos en una moderna Terminal de ómnibus a la espera de la partida del bus que nos llevaría a la ciudad de Salta.
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Segunda parte: BOLIVIA
A media mañana del último día de marzo estábamos cruzando el puente que une a La Quiaca con la población boliviana de Villazón. Mientras recorría esos, quizás, cincuenta metros me detuve a ver el río que hace de frontera y me acorde del maestro Saramago cuando le preguntaba a los peces del río Duero o Douro, según el país en que estaba: España o Portugal, “en que lengua habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas…” aquí si bien no había problema de idioma el fuerte olor me insinúo que en esas escasas aguas podridas no había ser que pudiera vivir, por lo tanto, sin peces a quienes hacerle esa pregunta, se me ocurrió otra, pero esta fue al río: ¿cual es la población que mas contamina tus infortunadas aguas?, con la respuesta pendiente y seguro que nadie me la iba a responder, seguí camino y continué con los papeleos del caso.
Ni bien se sale de la aduana, comienza el principal atractivo de este poblado. Coloridas viviendas de dos y tres plantas, dan marco a la calle de los comercios. Uno tras otro se amontonan sobre las dos veredas y durante varias cuadras ofreciendo todo tipo de mercaderías: ropas, juguetes, electrónica, zapatillas, ponchos, artesanías, verduras, devedés, carritos cargados con “detodo”… mujeres ofreciendo sus atributos culinarios, desde sopas hasta salteñitas, empanadas que nada tienen que ver con las empanadas salteñas del norte argentino, sino que son una explosión líquida que consigue, si no mancharte la ropa, si enchastrarte los dedos, pero con un sabor exquisito.
Uno de los tantos taxis nos acercó hasta la estación de trenes y compramos los pasajes, dejamos los bolsos en un depósito y volvimos a la calle comercial.
Luego de un paciente recorrido entre relojes, zapatillas, radiodespertadores, jeans, muñecas barbies, perfumes e infinidad de objetos de importantes marcas pero de dudoso certificado original, una joven nos invitó a pasar por un rico almuerzo y tras subir unas estrechas escaleras nos encontramos con un pequeño comedor atendido por su dueña. La especialidad: empanadas.
A las 15,30 partió el “Wara Wara del Sur” rumbo a Oruro. Teníamos más de quince horas de trayecto y las ganas del viaje en tren se satisfacían plenamente.
En un momento comenzamos una discusión con unas pasajeras que despreciaban en gran forma al presidente Morales y a su ministra de Cultura “una colla que ni siquiera se saca el sombrero en las reuniones” dijo una de ellas que no tenía otra pinta mas que de una colla sin la típica vestimenta pero que evidentemente renegaba de su origen. No pasó a mayores, pero quedó en claro que adheríamos fervientemente al gobierno de Evo y su reforma del Estado donde el poblador originario comenzaba a recuperar su dignidad. Por esos días había una fuerte lucha de clases en la zona de Santa Cruz, donde los “blancos” golpearon a mansalva a muchos aborígenes en clara advertencia a Evo por sus decisiones políticas de igualdad.
Oruro nos recibió por unas horas y junto a Mariela y a Ernesto, una pareja de Buenos Aires que conocimos en el tren, recorrimos sus calles principales luego de un reconfortante almuerzo.
Aquí comencé a sentirme extranjero. Si bien era mi primer viaje al NOA y por el presuroso paso por sus importantes capitales no logre reconocer a sus pobladores, que en su mayoría son descendientes de pueblos originarios o mestizos, sabía que estaba en mi país. El paso a Villazón, a otra nación, no lo distinguí salvo por la rutina de la aduana, ya que no se ve tanta diferencia con su vecina La Quiaca, mas que por el prolífico comercio. En cambio Oruro era distinta. Había otro olor, otro color, otro cielo. Fue como la puerta de entrada a otra cultura que poco a poco, en el transcurrir del viaje me fue atrapando y sorprendiéndome gratamente hasta dejarme prendado. El Tahuantinsuyu me abría las puertas de su maravilloso encanto. Auque aún, no lo sabía.
El sol se estaba ocultando y apareció La Paz a un lado del colectivo. La imagen fue impactante. Como en un hondo plato la ciudad descansaba en el fondo y en sus bordes. Predominaba el color naranja y aparecían manchones de color verde y miles de pequeños puntos blanquecinos
De pronto el sol se ocultó y de entre unos nubarrones apareció majestuoso el Illimani con su cima blanca, como un anciano protegiendo a sus pequeños.
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